MIEDO


Las cadenas me lastiman, me impiden avanzar, de todos modos estoy quieta, creo que no tengo forma de soltarme, de parar esta tortura, miro a mi alrededor y todo esta oscuro, frío, vacío. Mis manos tiemblan, trato de oír más allá pero no escucho nada mas que mi respiración y mis latidos, mi corazón parece como si fuera a salir de mi pecho, me duele el cuerpo.
Tengo miedo.
Tengo tanto miedo que no me quiero mover, cierro mis ojos e intento escaparme a un lugar mejor, tranquilo, pero no puedo, mi cabeza también esta a oscuras, hace tiempo no estoy en un lugar bueno, los recuerdos tampoco llegan muy lejos, supongo que es culpa de este miedo que me consume, que me atrapa, pero cierro los ojos de nuevo y me esfuerzo en buscar algún recuerdo para poder escapar del vacío que me rodea.
Lo consigo.
Recuerdo mi niñez, esas tardes jugando con mis amigos, las risas, mi mamá gritando que vuelva adentro cuando se hacía de noche.
A mis padres juntos, en esos escasos buenos recuerdos que tengo de ellos, mientras se querían o al menos eso parecía.
Mis abuelos preparando loa almuerzos de los domingos, contando sus historias entre risas y nostalgia, los abrazos de mis abuelas, los dulces que me daban a escondidas, el guiño cómplice de mi abuela cuando me daba dinero, el cariño en sus besos.
Mis amigos, las tardes juntos, las fiestas, esa sensación de despreocupación al reírnos sin parar, la paz que me transmitían cuando todo iba mal. 
Hago un viaje en mi memoria, porque no entiendo como llegue hasta acá.
¿Qué hice para acabar acá? 
Pienso en eso y no puedo evitar cerrar mis ojos con más fuerza, apretar mis manos y llorar.
Los recuerdos de aquella noche de invierno me invaden y me vuelven a lastimar, desgarrando la cicatriz que cubría mis heridas. 
Mis lágrimas cubren mi rostro.
Las imágenes de aquellos ojos llenos de odio, de esa voz cruel que me gritaba, cosas que ni siquiera me atrevo a repetir, solo en mi memoria la secuencia pasa una y otra vez.
Un empujón, una caída.
Más gritos, más lágrimas.
Un golpe al armario, un intento de fuga.
Un estirón de cabello, un grito.
Un golpe contra la pared, una suplica.
Sus manos en mi cuello, la falta de aire.
Sus ojos llenos de odio, los míos llenos de miedo y lágrimas.
Ninguna palabra, una patada.
Una caída, al fin un poco de aire.
Sollozo. Abro los ojos, las lágrimas siguen cayendo, sacudo mi cabeza en un intento desesperado por sacar todo rastro de ese recuerdo de mi mente, pero resulta imposible, respiro profundamente e intento apreciar cada bocanada de aire de la misma forma que aquel día.
Observo mi alrededor de nuevo, lo entiendo, este lugar frío, vacío y en silencio no es más que mi interior, donde me encerré todos estos años y estas cadenas que me atajan no son más que el miedo al que me ató aquel monstruo sin corazón. 
Grito lo más fuerte que puedo porque acá estoy sufriendo aunque nadie me ve y necesito salir.
Ayúdenme a romper estas cadenas de miedo, a ser libre de nuevo. 
Micaela Caballero

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